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Oh, Champagne, un murmullo de espuma y perlas que rebotan
Vino de reyes y rey de los vinos, afirma el dicho. El champagne es la única bebida capaz de hacer brillar la mirada sin encender el rostro. Así definían al champagne en tiempos de reyes e imperios.
El champagne es quizás la mayor contribución al placer que la sabiduría y experiencia vitivinícolas francesas han dado al mundo.
Es un vino totalmente festivo, agradable, complejo, que invita a la alegría, es casi un sinónimo de fiesta, en el cual se reúnen su bello y luminoso color, su complejo bouquet, su inigualable sabor y sedosidad y muy especialmente su efervescencia que permite que sus finas burbujas, con su cosquilleo, hagan fiesta voluptuosa en la boca.
Es el vino espumoso por antonomasia que además, por las estrictas exigencias en todas las fases de su elaboración, ha pasado a ser considerado, sin discusión, el aristócrata de los vinos espumosos.
La naturaleza del suelo, las variedades de uva y la posición geográfica de la región de Champagne, en Francia, le dan características inimitables al champagne. Es un vino de mezcla, de “assemblage”, de vinos y cosechas, lo que le da complejidad y balance.
Fueron las mujeres más importantes de la historia quienes contribuyeron a la fama de sus burbujas: Madame de Pompadour, rodeada por los artistas y filósofos más importantes de la época, confesaba que “sólo el champagne deja a las mujeres bellas después de beber”, mientras la madre de Bonaparte, así como su esposa Josefina, fueron unas excelentes embajadoras bajo el primer Imperio.
Y sí es sólo esta bebida la que nos deja más bellas, es hora de ir anotando cuáles son los mejores champagnes del momento, porque seguramente esa belleza se potenciará con la calidad de las burbujas.
Por Deby Beard
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